domingo, 26 de septiembre de 2010

Los Baños Públicos de Marsiglia. Parte 2. Un baño, 10 pesos, una docena, 100.

La casa de 20 y 23 era de altos, cuenta Raúl Ortelli, pero lo relevante ocurría en el sótano, en donde funcionaba la otra empresa de Don Gabriel Marsiglia: los Baños Públicos. Todos los años, al llegar el verano, el gran inventor recordaba a través de avisos en los diarios a los pobladores de la ciudad sobre los confortables servicios que ofrecía su establecimiento, en gran parte accionada por perros amaestrados por él mismo con “gran paciencia y sorprendente resultado”, resalta Ortelli.
La casona de Marsiglia y su fachada desde la calle 17 (hoy 23). En verano, siempre había flores en los balcones.

En su relato, el escritor mercedino cuenta que “el negocio se abría de cuatro de la tarde a once de la noche y, previo pago de la suma de convenida allí se podía gozar del inefable placer de un buen baño”.
La idea de los baños surgió en 1875. Los técnicos entendidos en construcciones afirmaban que el edificio no soportaría las excavaciones que Marsiglia proyectaba bajo la gran casona de dos pisos y que incluso ganaban terreno bajo la vereda.
“La gran sala subterránea estaba subdividida en compartimientos individuales. Un baño, frio o caliente, se cobraba diez pesos y una docena cien. Los diarios publicaban la nómina de quienes tomaban abonos quincenales, mensuales, trimestrales y o por toda la temporada, lo que significaba que había gente que se bañaba seguido. Había gente que, en pleno verano, se bañaba dos veces por semana”, cuenta Ortelli y agrega que “con el correr del tiempo era cada vez más la gente que se bañaba, ya que se le iba perdiendo el miedo al agua, que estaba mal vista porque se la consideraba capaz de provocar la tubercolisis, la pulmonía o un resfrío con tos”.
Así era la publicidad que se leía en el diario El Oeste, en 1878.

Era muy cierto que Marsiglia utilizaba perros amaestrados para hacer funcionar sus baños públicos. Para esto, se debía tener un buen régimen de agua y el hojalatero concibió un sistema de producción excelente. Se trataba de una rueda sin fin en la que aquéllos perros, asentados sobre sus patas en un banco, con las manos movían la rueda que, a su vez, extraía agua de un pozo, destinada luego a los baños a través de una red intrincada de caños que iban y venían por toda la casa.
Allí trabajaba todo el mundo, incluso los chicos de la familia y aún los de la vecindad, amigos de los chicos de la casa. Marsiglia construyó una hamaca de dos asientos iguales a las que aún se ven en las plazas de juegos infantiles. Los chicos se hamacaban por turno y así, por un mecanismo muy sencillo, se podía extraer agua.
Otra forma de extraer agua fue a través de su invento que consistió en una gran rueda colocada a la manera de “vuelta al mundo”, donde los chicos podían correr haciéndola girar. Eso hacía activar un bomba que extraía el agua.

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