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miércoles, 11 de noviembre de 2009

La masacre del atrio de la Iglesia. Tercera parte. Muertos y heridos

Desde los balcones de La Recova se tiraron varios disparos durante la mañana del 8 de marzo de 1898. En la otra imagen se puede ver la cantidad de gente que había ese día en el atrio de la Iglesia (extraída del suplemento del bicentenario de la ciudad del diario La Hora -25/06/1952)

Ese 27 de marzo de 1898 los problemas empezaron bien temprano, a las 8 de la mañana. El presidente designado oficialmente era Don Damián Mones Ruiz, pero los partidos opositores se aliaron y nombraron para ese cargo a Don Isidoro “El oriental” López. Luego de desatado el inconveniente y las discusiones y las peleas de turno, cerca de las 11 de la mañana y previa consulta con la Jefatura de Policía, el comisario Coronel decidió, previo desalojo del lugar, designar a Mones Ruiz como jefe del comicio. Entonces, en ese momento, el opositor Don José C. Acosta (tres veces designado Intendente entre el 1 de enero de 1890 y el 31 de diciembre de 1892) subió a una silla y gritó: “¡Vivan los partidos unidos y populares!”
Luego de ese grito, el mitrista Dolores Flores empujó la mesa junto a la que estaba sentado y desde allí disparó sobre Acosta, hiriéndolo de muerte en el occipital. Enseguida se produjo el tiroteo. Cuando terminaron las descargas sobre el piso del atrio, el saldo era lamentable: Acosta estaba grave, el joven Hilario Otamendi, moribundo, producto de un trabucazo disparado por el peón municipal Rosa Carrizo y el joven José Coglan estaba muerto. Su cuerpo, herido por una bala de Remighton, había quedado doblado sobra la puerta que separaba la Iglesia de la casa-habitación del párroco.
Otamendi fue llevado en una camilla improvisada tres cuadras hasta un negocio ubicado en la esquina de 18 y 29. Allí llegó el doctor Justino Ojea, que lo revisó, pero no pudo salvar su vida.
Terminada la balacera y calmados un poco los ánimos, se realizó por la tarde el acto eleccionario en el Cabildo, pero esas elecciones fueron anuladas por el Gobierno, puesto que los partidos opositores se negaron a concurrir.
El informe realizado por los inspectores oculares arrojó como dato que había en el Atrio más de sesenta impactos. La causa fue fallada el 11 de noviembre de 1900 por el Doctor Rafael López Saubidet, con la actuación como secretario, del escribano Tomás Jofré, luego afamado penalista. Se absolvió a Flores, Carrizo y Coronel, entre otros. Se condenó a Cecilio Maldonado a dos años de prisión y, por abuso de armas y lesiones a dos años a los vigilantes Castro, Romero y Navarro junto a ocho guardianes más, que recuperaron pronto la libertad.
Así terminó esta historia, con tres muertos, numerosos heridos y muy pocos condenados.

La masacre en el atrio de la Iglesia. Segunda parte: Fraudes y avivadas en la votación.

La esquina de la 24 y 27. En teoría, donde está ese cantero circular, estaba el atrio de la vieja Iglesia, donde se produjeron los incidentes.

En las elecciones de finales del siglo XIX solían ocurrir cosas extrañas. Una de ellas era decirle al sufragante del partido opositor que la “papeleta” presentada no era la suya y que, por el contrario, era de algún muerto. Esto traía aparejadas largas discusiones entre el oficial de mesa y el dueño del documento. La libreta que se utilizaba para votar carecía de valor al no tener foto, por lo que, el impugnado volvía al atrio con su caudillo y un testigo para probar que era el dueño de ese documento.
Antes de la Ley Sáenz Peña, un individuo podía llegar a votar tres o cuatro veces con libretas de difuntos y para despistar, cambiaba su atuendo. En las elecciones de marzo de 1898, Javier Arce voto cuatro veces: una con su propia libreta y las tres restantes con la de muertos. Por otra parte, Don Prudencio Cascallar, antioficialista, contó que no le permitieron votar con el argumento de que él no era precisamente Cascallar, con el agravante de que el que lo impugnaba lo conocía muy bien y hasta eran parientes lejanos.
Otra historia de esas nefastas elecciones fue la de un hombre que, caminando por los techos de la Confitería de Raymúndez (24 y 29), donde durante más de medio siglo estuvo el Bar Capurro y hoy hay una heladería, llega hasta la cornisa del Cabildo y por ella hasta el reloj, todo a la vista del público. En cuestión de segundos le dio una vuelta a la aguja que marcaba la hora y la puso sobre el número 4, lo que indicaba que era la hora 16 y que las elecciones finalizaban. Entonces, haciendo estallar una bomba se daba por terminada la votación. Todos los papeles se llevaban al Palacio Municipal para contar los votos, mientras que en las afueras se originaban protestas por parte de los que no pudieron votar.

La masacre en el atrio de la Iglesia. Primera parte: Cómo se votaba.

La Iglesia Catedral Nuestra Señora de las Mercedes, en la actualidad
Foto extraída de www.arteyfotografia.com.ar

José Evaristo Uriburu estaba en su último año como primer mandatario de la Nación. El 27 de marzo de 1898 se realizaron las elecciones presidenciales que ganó Julio Argentino Roca, quien asumió el 12 de octubre de ese año. En Mercedes era intendente José Prando, quien ejerció ese cargo entre el 1 de enero de 1897 y el 31 de diciembre de 1898.
En aquél momento y hasta la instauración de la Ley Sáenz Peña, las elecciones se celebraban en los atrios de las Iglesias. Los votantes debían formar filas de acuerdo al partido político al que iban a votar y el comicio estaba manejado por un Presidente que, al ser designado por el Gobierno, era oficialista. Este funcionario determinaba qué fila comenzaba votando. Naturalmente decidía que empezaran sufragando los que pensaban ideológicamente igual que él y el tiempo que tardaran en votar lo establecía de acuerdo a su conveniencia: cuando las filas en las que se encontraban los votantes opositores empezaban a exaltarse, éste indicaba que empezaran a elegir su voto.
Si con el correr de la tarde, el Presidente del acto electoral veía que había chances de perder porque las filas opositoras eran más largas que las oficialistas, podían ocurrir tres cosas: 1) Se intentaba persuadir a los votantes (una especie de compra del voto) y si este aceptaba, se cambiaba de fila; 2) el comicio se tornaba lento a través de la creación de inconvenientes, excusas y fallas, para que la hora de cierre llegara y los opositores no pudieran votar y 3) en un extremo recurso, se adelantaba una hora el reloj del Cabildo, que era el que regía la hora. Entonces, en un segundo, se movían las agujas de las 3 de la tarde a las 4, hora de clausura de la votación. Casualmente, en la fila oficialista no había nadie para votar y las opositoras desbordaban de gente.
Ese 27 de marzo comenzó cargado de presagios: la policía llegó al Atrio a pie y a caballo, con armas cortas y largas. Los guardianes de la cárcel también se hicieron presentes con sus fusiles y el Comisario Coronel no faltó a la cita con su arma. Los civiles también llegaban armados. El clima es de una violencia verbal inusitada. A las 8 y 15 de la mañana llegan los Fiscales de mesa, conocidos en esa época como Estructuradotes.
En los balcones del Cabildo, hoy Municipalidad, hay gente armada y uniformada, como también en el Atrio, lo que da a entender cómo estaban preparados los mitristas (oficialismo) ese día. Los elementos de los partidos opositores se encontraban sobre La Recova, en diagonal a la Iglesia y otros ocultos en la esquina de 22 y 29, donde está el actual edificio Apolo, donde funcionaba el almacén de Don Federico Ghiraldo, padre del escritor anarquista Alberto Ghiraldo, nacido en ese lugar.